Una enfermedad, una putada.

Me cuesta mucho hacer lo que estoy a punto de hacer. Abrirme en canal ante los demás. Exponer mis mayores miedos e inseguridades. Me he planteado qué utilidad podría tener para mí o para los demás. Y he concluido que mostrar tal aceptación es el ejercicio más costoso que se puede hacer. Pero si se lo pido a las personas que acuden a mi consulta ¿Por qué no lo voy a hacer yo? Es lo más sincero y honesto que puedo hacer.

Así que allá va…

Un mal día, un fatídico día que jamás olvidaré, se cruzó en mi vida la enfermedad. Una enfermedad crónica llamada esclerosis múltiple. Funciona a brotes, a tropiezos. Tropiezos en el camino… ¿cómo asumirlos, cómo convivir con ellos? No es nada fácil vivir con una enfermedad crónica que no sabes cómo va a evolucionar. Estás un tiempo bien, todo funciona con normalidad: retomas tu vida, tus proyectos, tus objetivos, tus actividades rutinarias, la vida simple…o compleja, pero tu vida. Y de pronto, un brote te recuerda que no estás exenta, no estás libre de la enfermedad, sigue ahí. Y de nuevo, vuelves a revivir el diagnóstico, el palo, el hachazo que partió tu vida en dos: entre aquella que habías planeado y entraba dentro de tus expectativas y la incertidumbre. Dejar de identificarte con aquello que esperabas te deja la sensación de perder un pedacito de ti. Es como si por un momento dejaras de ser tú, te alejaras de lo que representas para ti mismo. Es como un duelo.
Y la incertidumbre,… qué decir. Todos convivimos con ella, que es inevitable es cierto. Pero cuando la amenaza acude de forma aleatoria, sin preaviso, te pilla desprevenido y el dolor surge, éste también es inevitable. Sobre todo cuando la amenaza no es sólo tal sino que se acompaña de secuelas.

No queda otra que continuar. Expresar el dolor, sacarlo fuera, es positivo. Pero sin pasar la barrera de vivir pegada a él, enganchada a los pensamientos del qué pasará, cómo acabaré, si podré continuar viviendo como hasta ahora o no, jugando con mis hijos, paseando con mi pareja, conduciendo, estudiando, trabajando,… Es imposible centrarse en prohibir estos pensamientos, es normal que surjan. Pero ser consciente de la utilidad que tienen es más importante. No me ayudan, no me ayuda sentir pena de mí misma, solo agrava mi miedo y mi dolor. Así que siendo consciente de esto, puedo ser más flexible. Puedo imaginarme cómo voy superando todos los tropiezos, puedo imaginarme adaptándome en cada nueva situación. Y esto me hace sentir de otra manera, indudablemente. No voy a negar lo que pueda venir, quiero ser realista, pero aunque duela tengo que ver diferentes caminos y posibilidades. Y sobre todo, centrarme en mi presente, no abandonar lo que más me importa: mi familia, mis proyectos, mi trabajo, mi salud,… Mi vida.

No quiero abandonar mi vida, sea lo difícil que sea.

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